Una tarde jugando a la pelota
Hace un montón que no escribo nada. Me parece que, con la falta de tiempo y el tener la cabeza tan ocupada, se me están yendo las ideas. Que se yo, no me gusta mucho eso. Sin embargo, hoy quería contar algo que me pasó en estos días.
El club en donde juego está entrenando en el predio de un Instituto de menores. Algunos de los pibes que viven ahí vienen a practicar con nosotros, aunque son los menos. El resto de ellos mira como corremos o jugamos a la pelota todos los días, en un costado de la cancha.
La cosa fue más o menos así: habíamos terminado de jugar un partido, y nos sentamos todos en ronda, a estirar y descansar un poco. Cómo en cualquier grupo humano, no faltaron los chistes y las cargadas a uno u otro. Mientras me estaba riendo de algunas de estas cosas, se me acerco uno de esos pibes que viven ahí, en el Instituto. Tengo que reconocer que no le pregunté como se llamaba, y eso me dejó algo de culpa.
En fin, se me acercó y se sentó al lado mío.
- Que lindos botines - me dijo.
Hace un tiempo me compré unos botines un poco sobrios, por decir de alguna manera. El verde fluo los inunda por todos lados, y los hace resaltar un montón. Justo a mí, que me gusta pasar desapercibido la mayoría de las veces. Contradicciones, no?
Bueno, en el momento, me desate los cordones y le pase mi botín derecho. El lo agarró y lo miraba, y le dije que se lo pruebe. Le quedaba grande, demasiado grande, y me lo hizo saber entre risas. Yo también me reí, mientras me volvía a poner mi resaltador con colores. En ese momento deslizó algo en la charla que me dejó pensando estos días, y que se convirtió en el motivo de este texto.
- Ojalá yo también pudiera comprarme unos - dijo, y con eso me hundió en un mar sin respuestas.
Me quedé callado unos segundos, pensando que decir. Le conté que había estado juntando plata un montón de tiempo para tenerlos, después de algunos trabajos chicos, y otro poco que fui juntando. Le dije qué, en una de esas, si hacía lo mismo que yo podía llegar a tenerlos, a esos o a los que más le gustaran.
Me parece que le gustó mi respuesta, porque me dijo que sí, y porque seguimos hablando de lo más lindo que tiene este mundo: la pelota. Sin embargo, yo no pude dejar de pensar en esas palabras.
A veces, y no es la primera vez que escribo sobre esto, no valoramos nada de lo que tenemos. Ni lo material, ni lo humano. Simplemente queremos más de todo. Nos conectamos con muchas cosas sin sentido y perdemos de vista los momentos que transcurren en nuestra vida. La mayoría de las veces no nos damos cuenta, y eso es lo peor de todo.
Estoy seguro de que el los hubiese disfrutado más que yo. Para mí, son sólo unos botines que saco solamente de su caja para jugar a la pelota, y que después dejo tirados en donde sea. Es decir, no representan demasiado para mí. Me gustan sí, pero por ahí no los disfruto como el lo haría. Por ahí tengo otras cosas que me desvelan más, cómo hacer un viaje a algún país lejano o trabajar de lo que me gusta, y ninguna de las dos realidades tienen algo de malo. Sin embargo, algo que no tiene mucho valor para mí (que no me crié en una cuna de oro y que todo me cuesta un montón) fue, por un momento, el anhelo de ese pibe. En ese momento, el deseó algo muy simple, como yo lo hago cuando veo fotos de algún lugar que me gusta.
Valoremos un poco más las cosas y las personas que nos rodean. Aunque parezca un poco loco, todo eso que no tiene mucho sentido para nosotros podría ser una gran adquisición para alguien más, un gran sueño. Abramos un poco los ojos y disfrutemos más.
El club en donde juego está entrenando en el predio de un Instituto de menores. Algunos de los pibes que viven ahí vienen a practicar con nosotros, aunque son los menos. El resto de ellos mira como corremos o jugamos a la pelota todos los días, en un costado de la cancha.
La cosa fue más o menos así: habíamos terminado de jugar un partido, y nos sentamos todos en ronda, a estirar y descansar un poco. Cómo en cualquier grupo humano, no faltaron los chistes y las cargadas a uno u otro. Mientras me estaba riendo de algunas de estas cosas, se me acerco uno de esos pibes que viven ahí, en el Instituto. Tengo que reconocer que no le pregunté como se llamaba, y eso me dejó algo de culpa.
En fin, se me acercó y se sentó al lado mío.
- Que lindos botines - me dijo.
Hace un tiempo me compré unos botines un poco sobrios, por decir de alguna manera. El verde fluo los inunda por todos lados, y los hace resaltar un montón. Justo a mí, que me gusta pasar desapercibido la mayoría de las veces. Contradicciones, no?
Bueno, en el momento, me desate los cordones y le pase mi botín derecho. El lo agarró y lo miraba, y le dije que se lo pruebe. Le quedaba grande, demasiado grande, y me lo hizo saber entre risas. Yo también me reí, mientras me volvía a poner mi resaltador con colores. En ese momento deslizó algo en la charla que me dejó pensando estos días, y que se convirtió en el motivo de este texto.
- Ojalá yo también pudiera comprarme unos - dijo, y con eso me hundió en un mar sin respuestas.
Me quedé callado unos segundos, pensando que decir. Le conté que había estado juntando plata un montón de tiempo para tenerlos, después de algunos trabajos chicos, y otro poco que fui juntando. Le dije qué, en una de esas, si hacía lo mismo que yo podía llegar a tenerlos, a esos o a los que más le gustaran.
Me parece que le gustó mi respuesta, porque me dijo que sí, y porque seguimos hablando de lo más lindo que tiene este mundo: la pelota. Sin embargo, yo no pude dejar de pensar en esas palabras.
A veces, y no es la primera vez que escribo sobre esto, no valoramos nada de lo que tenemos. Ni lo material, ni lo humano. Simplemente queremos más de todo. Nos conectamos con muchas cosas sin sentido y perdemos de vista los momentos que transcurren en nuestra vida. La mayoría de las veces no nos damos cuenta, y eso es lo peor de todo.
Estoy seguro de que el los hubiese disfrutado más que yo. Para mí, son sólo unos botines que saco solamente de su caja para jugar a la pelota, y que después dejo tirados en donde sea. Es decir, no representan demasiado para mí. Me gustan sí, pero por ahí no los disfruto como el lo haría. Por ahí tengo otras cosas que me desvelan más, cómo hacer un viaje a algún país lejano o trabajar de lo que me gusta, y ninguna de las dos realidades tienen algo de malo. Sin embargo, algo que no tiene mucho valor para mí (que no me crié en una cuna de oro y que todo me cuesta un montón) fue, por un momento, el anhelo de ese pibe. En ese momento, el deseó algo muy simple, como yo lo hago cuando veo fotos de algún lugar que me gusta.
Valoremos un poco más las cosas y las personas que nos rodean. Aunque parezca un poco loco, todo eso que no tiene mucho sentido para nosotros podría ser una gran adquisición para alguien más, un gran sueño. Abramos un poco los ojos y disfrutemos más.
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