Jueves a la tarde
Acabo de mirar el reloj
Acabo de mirar el reloj, y sé que con ese simple gesto he
destruido el hechizo endeble, la sutil telaraña que estábamos tejiendo entre
los dos. Lo supe al volver a mirarte: ya nos vimos desde distancias oceánicas,
desde desfiladeros estrechos y distantes. Supe así, como tantas otras veces,
que te había vuelto a perder para siempre.
Llegaste temprano, como es tu costumbre, y te sentaste de
frente a la puerta, y contra una de las ventanas que dan a la calle, para poder
verme llegar sin sobresaltos. Te entretuviste dibujando servilletas de papel y
mirando de tanto en tanto para afuera, tratando de decidir qué cara poner
cuando me vieras. Cuando me presentiste doblando la esquina, y para no ponerte
colorado, te pusiste a contemplar reconcentrado el mantelito de hilo,
marcando los cuadrados con el dedo, como si fuese un lápiz. Cuando por fin
entré, también hice lo mismo de siempre: fingí buscarte sin hallarte en los
rincones más alejados del café (y eso que sé de memoria que siempre te sentás
frente a la puerta, contra las ventanas que dan a la calle). Giré como si
estuviese por irme, y así logré mi victoria, mi efímera pero imprescindible
pero sádica pero dulce victoria: te pusiste de pie, atolondrado, chocaste
los muslos contra la mesa y estuviste a punto de derribarla, atajaste cómo
pudiste el florerito con flores artificiales antes de que saliera volando, y
por fin me hiciste un gesto como para que te ubicara.
Recién entonces me digné a mirarte. Te sonreí, pero sin los
ojos, para que te dieras buena cuenta de que era una sonrisa de esas que se
dedican al kiosquero o al cajero del banco. Antes de sentarme, te di un beso en
la mejilla, o más bien un golpe de mi mandíbula en tu rostro. Vos solías
decirme cuánto te gustaban mis besos en la mejilla. Decías que eran cálidos,
llenos, agradables.
Por eso, desde que nos separamos, cuando nos vemos te
obsequio ese golpe con el costado de la cara, para que adviertas el desprecio y
la repugnancia que me produce el mínimo contacto con tu piel. A veces me
arrepiento de ese sadismo, pero supongo que humillarte me calma los nervios del
encuentro. Es como un modo de perdonarme a mí misma el haber venido, haber
sucumbido a esta inútil reincidencia en nuestro tumulto de emociones
viejas. La cosa funciona, porque herido en tu amor propio endureces la voz y
fruncís el gesto, y empezás a hablar con tu tono pausado de abogado rutinario.
En ese momento me convenzo, como una nena, de que hice bien, de que nuestra
recíproca frialdad nos exonera de la vergüenza de haber venido, de que son
ciertas las excusas que acepté para que nos encontrásemos.
Y desde que llamaste (siempre llamas vos, como si supieras
que soy incapaz de la valentía de iniciar esto por mi cuenta) mi vida se ha
alterado por completo: cuento los días que me faltan para verte, y al mismo
tiempo me doy clases mentales acerca de cómo sustraerme a tu influjo
maquiavélico.
Aquel día (como todos los días en los que llamas, esos días
marcados con rojo en la penumbra de nuestros desencuentros) me preguntaste por
los chicos, por mi trabajo, por un montón de cosas. Hasta te tomaste el trabajo
de preguntarme por José y por mamá (hondo sacrificio, por cierto, porque sé que
los odias con toda tu alma).
Mientras te escuchaba y te contestaba con obviedades
adecuadas a lo trivial de tus preguntas, me sentí mala. Yo sé perfectamente
para qué llamas cuando llamas, y por eso me invade un desasosiego más propio de
los quince que de los treinta y cinco. Pero me regodeo en tu desesperación, que
crece a medida que corre el tiempo sin que yo dé señales de entender tus
enigmas. Así te tengo un rato, hasta que tus preguntas titubean y agonizan
entre silencios prolongados. Y cuando estás por cortar, recién entonces y justo
en ese momento, me vence el terror de perderte y empiezo yo a preguntarte
nimiedades. Hasta te hago hablar de Rita (aunque me decepciono cada vez
que me respondes que está todo bien, que todo sigue sin problemas, porque
siempre anhelo secretamente que me digas que no, que no corre más, que se
acabó, que no funcionó). Y en algún recodo de esa charla de locos, una pregunta
al azar, un comentario intrascendente, permitirá el puente justo para el “claro,
eso sería mejor charlarlo con algo de tiempo, ¿no?”. Y el otro se hará un poco
el distraído, al final dirá que buen, que nos podemos encontrar en el café, sí,
sin apuro, un día que nos quede cómodo a los dos, exacto, dejame ver
cuándo se puede quedar mamá con los chicos, cuándo puedo salir temprano del
estudio, ajá, bueno sí, chau, un beso, otro para vos y los chicos, clic.
Por eso, porque desde que colgué no hice otro cosa que
arrepentirme de haber pactado este encuentro hipócrita, te golpeé la mejilla al
encontrarte, y me hice la distraída al entrar al café, y miré la hora cada
minuto y medio para darte a entender que estabas poniéndote pesado y que tenía
un sinnúmero de cosas que hacer, infinitamente más importantes que estar
enfrente tuyo en un bar que iba oscureciéndose con el correr de la tarde.
Y vos me dejaste hacer, sin decir nada. Seguiste jugando con
el sobrecito de azúcar, despegándoles lentamente los bordes y vaciando el
contenido de a poco en el pocillo vacío.
Hablamos de lo que teníamos que hablar de los chicos,
combinamos cuándo vas a quedarte con ellos quince días para que yo me vaya con
José a Río de Janeiro, y hasta me recomendaste un par de libros nuevos de
derecho comercial imprescindibles para una abogada eficiente. Y entonces,
cuando nos quedamos a solas y repletos de silencio, me miraste como sólo vos sabes
hacerlo: con el trépano en llamas de tu mirada sin tiempo, al fondo de mis
propios ojos, de mi cabeza, de mis más ocultos pensamientos.
Y yo te vi igual que siempre, iluminado de lado por un sol
agonizante, con tu barba entrecana y tu pelo raleado y tus ojos grises y
chiquitos. Y fue exactamente en ese instante, ni antes ni después, sino justo
cuando el sol se moría con la tarde, que sentí cómo dentro mío se derrumbaba
estrepitosamente la puerta que cierra los límites de tu reino. De nada me
sirvió mi manual de sadismo para amas de casa, ni mi postura de mujer superada,
ni mi estúpida actitud belicosa. En tu reino, ésas cosas son armas perimidas. Y
me encontré de pronto recorriendo las mismas sendas ahogadas por los
yuyos, y contemplando los mismos paisajes reposados. Volvieron los colores y
los aromas, y las canciones y los recuerdos cubiertos por el polvo. Fuimos
adentrándonos por los senderos sinuosos y conocidos, reconociendo cada árbol y
cada montecito, y cada lápida de nuestro cementerio.
Como por arte de magia, las telarañas del olvido
desgajándose y dejándonos uno frente al otro con la simpleza y la plenitud que
sólo conservan los amores perennes y fracasados. Se borró el café, el sol
agónico, Buenos Aires y el jueves a la tarde. Nos guiamos mutuamente por el
laberinto de nuestros recuerdos, para no herirnos en las zarzas de nuestros
recíprocos desengaños; y cuando quisimos acordarnos nos hablábamos con la
dulzura y la complicidad que prometimos cien veces no volver a prodigarnos. Las
siguientes dos horas estuve en tus dominios, reviviendo aromas y colores de un
pasado detenido en el tiempo. El universo se redujo a tu voz y a la mía,
acariciándose en el aire tibio del café, ahogándose en risitas contenidas y en
silencios nostálgicos. Y entonces fue cuando miré el reloj y vi que eran las
nueve y media, y como me pareció imposible me volví a mirar el reloj de la
barra. Y como ése también me dijo que nuestro tiempo había vuelto a morir sin
descendencia, fue que entendí que se había roto nuestro hechizo endeble,
nuestra sutil telaraña inútil.
Ahora, cuando me tome el subte para volver a mi casa y a mi
vida, y cuando camine aterida de frío y de desamparo por Caballito, pensándote
a vos haciendo lo mismo por Temperley, voy a arrepentirme de haberte
encontrado. Al entrar en casa inventaré apurada una pelea inexistente que
desoriente a José y le esplique mi desasosiego. “Es el mismo sinvergüenza de
siempre”, dirá él, para darme a entender que me entiende y me sostiene.
Y yo le diré que sí, casi sollozando, casi largándome a
llorar como una nena. Pero no será por fingir, no será por hacerle creer que me
lastimaste, sino porque esta noche saberte fuera de mi vida, saber que por
meses o por años tu reino va a cerrarse de nuevo a mi visita furtiva, aceptar
de nuevo mi vida sin vos en ninguna parte y en ningún momento, se me hará
insoportable.
Él no entendería –si al cabo ni siquiera yo lo entiendo -
que mi vida sos también vos. Vos en alguna parte, vos escondido, vos a medias
sepultado por los rencores y las culpas. Pero vos vivo, custodiando celoso y
sereno la estrecha extensión de tu reino, esperándome sin prisa para abrir la
pesada verja que lo oculta.
En mis sueños, ese caos se resuelve en la sencillez
cristalina de unas pocas frases: te encuentro, nuestros ojos se cruzan en
miradas incandescentes, y con la franqueza reposada en verdades demoledoras te
digo que no quiero volver a verte, pero que mi vida sin vos no funciona, aunque
con vos tampoco funcione. Te pido que no me llames más, pero en seguida me
desdigo y te confieso que necesito que lo hagas.
Te increpo por mi dolor, este dolor sordo de vivir
despidiéndote, de vivir extrañándote, a sabiendas de que no hay otro modo de
vivirte. Y justo cuando vas a responder, cuando en mi sueño sé que vas a
contestar que a vos te pasa lo mismo que tu vida no está entera sin esas
expediciones elusivas a nuestro campo de batalla, mi sueño se interrumpe entre
sollozos e hipos de llanto.
No importa cuántas cosas buenas tenga mi mundo mañana a la
mañana. No van a importar ni los chicos, ni José, ni el trabajo, ni mi vida
entera, ni mis descubrimientos en terapia. Solamente vas a importar vos y tu
distancia, vos y el misterio de tu vida vaya a saber por dónde, vos y el
agujero insoslayable de mi alma. Porque mañana, al despertarme y acordarme del
paseo de hoy por nuestro osario clandestino de flores marchitas, voy a entender
por qué me niego una vez y otra a volver a verte. Porque mañana, con el
sol pegándome en la cara, voy a tomar conciencia de que he vuelto a
perderte, sin haberte siquiera tenido. Y eso será lo peor de todo, el saberme
condenada a perderte siempre que te encuentro.
Después irán pasando los días, y el dolor se irá
apaciguando. Mi vida retomará gradualmente su ritmo cotidiano, y volverán de a
poco los colores al universo. Cuando vengas a buscar a los chicos el sábado,
evitaré mirarte a los ojos, y vos, con buen criterio, vas a irte de inmediato.
Hasta es posible que después de unos meses me crea curada de vos, y piense que
por fin he de dejar de sufrir por tu causa.
Pero una noche cualquiera, la menos pensada, te vas a colar
en mis sueños. Y como el nuestro es un amor de premoniciones, al día siguiente,
o al otro a más tardar, tendré noticias tuyas. Vas a llamarme con las excusas
de siempre: que los chicos, que una causa por quiebra que agarraste para no
perderla pero no tenés ni idea de cómo llevarla, que un cambio en el cronograma
de vacaciones. Y yo, con el corazón galopándome en la garganta, como si
tuviera quince y no treinta y cinco, voy a escucharte maravillada, apenas
conteniéndome para no gritarte que sí, que cuando quieras, porque no soporto
más sin verte. Pero por no arruinar nuestro recíproco teatro, voy a hacerme la
dubitativa, voy a descartar un par de fechas de posibles encuentros, y hasta
voy a proponerte que lo arreglemos directamente por teléfono. Pero al final,
antes de que te dé por vencido, voy a decirte que bueno, que de acuerdo, que
nos encontremos. Y voy a volver a entrar al bar en el me cites. Y voy a fingir
buscarte en los rincones más alejados, a sabiendas de que estarás a un lado de
la puerta, sobre las ventanas que dan a la calle.
“Acabo de mirar el reloj” Eduardo Sacheri (Te conozco, Mendizábal y otros cuentos)
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