Veintiséis -parte 3-

 A lo lejos vió venir del tren y le aterró la idea de nunca más volver a verla. Era claro que estaba en presencia del final, no era necesario ser muy vivo para darse cuenta. No era capaz de soportar una nueva desilusión, y con su fracaso, incapaz de soportar el volver a verse. Seguramente que era un pensamiento algo precipitado, y como en la mayoría de las veces, estaba exagerando. De todas maneras, sabía que esta vez había llegado demasiado lejos como para volverse, una vez más, con las manos vacías y el corazón hecho pedazos.
 La despidió ahí mismo, y le aconsejo que se fuera. Le indico que llegaría tarde a trabajar y ella asintió con la cabeza. En realidad, no quería verla por la ventanilla mientras el tren se alejaba, como en esas escenas de las películas. Se imaginó bajando del tren, corriendo a su encuentro y rompiéndole la boca de una beso, y le causo gracia. Lamentablemente, hay cosas que no solían pasar en la vida real, y menos en la suya.
 Se ubicó último en la fila. No quería  subir primero y, que al ubicarse, la gente le viera los ojos llorosos como los tenia y que se le hacían imposibles de ocultar.
 Una vez arriba, se le empezaron a venir encima un montón de recuerdos. Se enojó y maldijo el momento mismo en el que le brindo su amistad y, con ello, pospuso su amor para algún momento “más oportuno”. Tomaron posesión de él las muchísimas cosas que habían vivido juntos desde el día que se conocieron. Los primeros encuentros ocasionales y los saludos tímidos. La vez que se atrevió a escribirle por chat y la primer juntada a solas. Las muchas previas que habían compartido en grupos y las miles de fotos que se habían sacado juntos. Las risas, y también los llantos. Sus habituales días malos, y el apoyo incansable de ella. Las llamadas y el incontable número de mensajes que habían intercambiado. La loca coincidencia en gustos. Todo lo que se le viniera a la cabeza le recordaba a ella, y le encantaba eso. En ese momento y más que nunca, supo que no podía perderla.
Pablo se quedó pensando en la escena de tipo película. Se volvió a ver a él y a Valentina, aunque esta vez ya no le causaba gracia. Empezó, más bien, a tomarlo como una posibilidad. ¿Era algo tan loco bajarse del tren para ir y declararle su amor a la mujer de sus sueños? Y más viniendo de él, que no había podido hacerlo en ninguno de sus veinticinco intentos anteriores. Si, era demasiado loco, pero a esa altura ya poco importaba.
 Se paró y noto que su compañero de asiento lo miro sorprendido, y noto que los demás pasajeros también lo hacían. Se vio temblando y repitiendo para sus adentros, que no podía seguir de esta manera. Reparo un segundo en las miradas de asombro: ¿Era acaso normal ver a un flaco de metro ochenta y siete, parado y temblando como una hoja, levantándose de su asiento y salir corriendo por el pasillo en dirección a la puerta de salida? Y si lo era, ¿Por qué corría hacia el andén, para luego perderse bien lejos en dirección hacia la ciudad? No era momento para frenar y arrepentirse.


Verónica, 5 de Mayo de 2017.

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